miércoles, 15 de agosto de 2012

La era de los soñadores



El Sol se está apagando… La Tierra se muere y la Luna se encoge.

El universo se hace viejo y es que hemos dejado de fabricar los sueños que le servían de combustible.

La humanidad está enferma de realidad, hemos llegado a subestimar el infinito poder de la fantasía y ahora el cosmos entero se muere.

Pero existe una última solución: Crear un gobierno de soñadores.

Ellos acabarían con esta pandemia de desencanto y apatía con la que nos hemos condenado a la inexistencia plena, nos hemos afanado tantísimo en hacer nuestra vida verdadera que la hemos vaciado de esencia.

Estos mandatarios serían capaces de devolvernos las sonrisas que nos robaron los gobernantes actuales, como nos robaron los sueños con su rígida política y sus rectas leyes.

Convertirían la lluvia en una avalancha de notas musicales con cada gota, llenarían los ríos de arcoíris, nos permitirían difuminar las nubes y diseñar sus formas a nuestro antojo, cerrarían los manicomios, pues nadie podría considerarse loco en un mundo sin realidad, las únicas guerras que tendrían lugar serían entre el bando de los enamorados y los desenamorados, el afán de conquista del hombre sería por una mujer y no por un territorio, nos desharíamos del dinero, cualquier beso sería más valioso que las divisas más poderosas, en las escuelas enseñarían a leer los ojos y no los libros, las palabras perderían importancia y estas letras dejarían de ser un sueño en un mundo lleno de realidades para ser la realidad de un mundo de sueños.

Aprovecho para presentar mi candidatura a la presidencia. La era de los soñadores no ha hecho más que comenzar.

La gravedad horizontal



Las fuerzas del universo son por lo general incontrolables…

No es posible controlar la explosión de una estrella ni la formación de una galaxia. Nadie es capaz de apagar el instinto asesino de un agujero negro.

Y sin embargo nos empeñamos en estudiarlas.

Entre todas esas fuerzas se encuentra la gravedad. Conocemos la gravedad vertical, los cuerpos caen debido a una fuerza atractiva que ejerce la Tierra sobre ellos, proporcional a su masa e inversamente proporcional al cuadrado de la distancia a la que se encuentran de ella. Pero nadie se ha molestado nunca en estudiar la gravedad horizontal…

La gravedad horizontal obliga a mi cuerpo a aproximarse al tuyo con una fuerza más destructiva que un sanguinario ejército de agujeros negros, impasible, descomunal, para nada proporcional a la masa de nuestros cuerpos ni a la distancia que nos separa.

¿Por qué nadie se ha preocupado nunca de estudiar este fenómeno?

La gravedad horizontal también hace que los objetos envejezcan…

Y así dejo que la gravedad horizontal haga su trabajo, estrechamente abrazado a tu recuerdo, a tus ausencias, mientras pasa el tiempo, inalterable, invariable, intransigente, testarudo, como diamantes que se niegan a disolverse en un mar de casualidades.

Destrúyeme



No encuentro la razón por la que entraste en mi memoria y decidiste que era un bonito sitio para quedarse a vivir.

No obstante, ya que soy tu huésped, he de ser servicial y atento contigo.

Te concedo absoluta libertad dentro de mí, especialmente si es para destruirme.

Sobre todo si piensas carcomerme lentamente y alimentarte de mí que soy entero tú en mi carne o si piensas acabar conmigo de un bocado.

En cualquier caso quiero que acabes conmigo, que cuando tú te marches no quede nada de mí.

Pulverízame para mezclarme con la arena que pisas.

Demuéleme como terremoto que eres sino latido en mi pecho.

Hazme pedazos, ¡róbame a la muerte!

Consúmeme en tus recuerdos…

Derríteme entre tus manos, quiero entrar en tu boca, salir por tus ojos, secarme en tus mejillas y evaporarme, quiero que me inspires, que me expires, alzarme hasta tus pupilas y frente a ellas quedarme, como gas que contempla los agujeros negros que han de tragárselo para desaparecer, eternamente…

¡Destrúyeme! Más allá de ti nada tiene sentido.

Quedan prohibidos los segundos



-Yo también te quiero, pero puedo quererte sin tenerte.

-Ahora me dirás que soy muy especial, que me las apañaré bien sin ti todo este tiempo…

-No lo haré.

-Dejaste una nota a medias en el teclado de tu piano.

[Silencio]

-¿Cuántos días quedan para vernos?

-Setecientos treinta, se dice rápido.

-¿Cuántos segundos son eso?

-No soy uno de esos genios a los que tantos admiras, no puedo calcularlo de cabeza…Ninguno, dos años no son ningún segundo.

-Solo es una goma del pelo…

- Solo ya es demasiado. Nunca tan poco tiempo me dejó una ausencia tan grande…

-Me debes millones de besos.

-No me quieras…no me quieras, no me quieras, por favor no me quieras…

-Humo entre tus ojos, si Dios fuera una mujer, el amor mueve el mundo, silencios en la arena… He sido tu musa.

-Has sido más que eso. No pude ni siquiera despedirme…

-¿Qué será de nosotros dentro de ningún segundo?

-Me voy erosionando con los días. De mí ya no será nada...

Prostitutivamente


-Si estás decidida a entregarme tu vida debes saber que la ansío porque no poseo una propia, ya que tan solo soy poesía.

-¿Cómo puede ser?

-Mi mirada, mi pasión, mis manos son poesía.

Mis reflejos, mis fantasmas, mis destellos, todo poesía.

-Tus poesías siempre hablan de mujeres y dudo que sea siempre de la misma.

-Mis letras se prostituyen más que yo mismo y si te busco no te encuentro ni siquiera en mi memoria, mis vellos se erizan por tus desvelos.

-Palabrería barata…

-Cada uno de mis poros no es más que la leyenda de un beso tuyo y en los terremotos de mi corazón solo se oye tu nombre, en cada impulso. Ya que estás en mí y conoces todos mis rincones, mis entresijos, ya va siendo hora de que me barras, de que me quites el polvo un poco.

-Tú eres un poeta que ejerce la prostitución a través de su poesía, ¿y yo qué soy? ¿Tu chacha?

-Mi verso favorito.

El coleccionista de sonrisas



-Cuéntanos otra historia abuelo.

-¿Os he contado alguna vez la del coleccionista de sonrisas?

Cuando era joven conocí a un chico, se hacía llamar “el coleccionista de sonrisas”. Me resultó un poco extraño, ¿cómo coleccionar sonrisas?

Toda su obsesión era perpetuar en el tiempo las sonrisas de las mujeres que conocía, sentía una tristeza inigualable cuando una sonrisa se esfumaba, así que decidió recordar aquellas que para él fuesen más importantes. Memorizaba hasta el más mínimo detalle, la curvatura de los labios para él no era sino un tobogán infinito por el que dejarse caer, los dientes una blanca avalancha bajo la que morir sepultado y los ojos…en fin, los ojos…

[Silencio]

-¿Cuántas sonrisas consiguió coleccionar abuelo?

-Doce, cuando le conocí había reunido doce sonrisas, las recordaba todas como si nunca se hubiesen borrado, especialmente la octava. La octava sonrisa se le quedó plasmada en el alma. Pasaba horas y horas dibujándolas en su afán por hacerlas perdurar, pero nunca consiguió reflejar la belleza natural de ninguna y eso le entristecía aun más.

-¿No siguió añadiendo sonrisas a su colección?

-Solo una más.

-¿Por qué solo una?

-La decimotercera sonrisa que sumó a su colección fue la de la muerte. La treceava muerte…

-¿Dónde conociste a ese chico abuelo?

-Una terrible mañana, frente al espejo.

La enésima guerra mundial




-Fue una guerra terrible, el sol doraba los desnudos cuerpos de los caídos del bando de los desenamorados, no habían caído en la muerte, mucho peor, cayeron en el amor, víctimas del ataque de los enamorados. En plena calle daban buena cuenta de su amor mientras esa lluvia de luz los tostaba lentamente.

Enamorados contra desenamorados, esa fue la Enésima Guerra Mundial.

Recuerdo cómo fueron cayendo los desenamorados, uno a uno se doblegaron a las poesías, las canciones, las caricias, besos, abrazos y miradas con los que bombardeaban los enamorados.

Los desenamorados en cambio se dedicaron a destruir el cielo, ese en el que vivían los enamorados. Tan brutales fueron las miles de bombas de realismo con las que atacaron que el firmamento comenzó a resquebrajarse, y acabó por caérseles encima a ellos mismos.

-¿En qué bando luchabas tú abuelo?

-Es difícil de saber, cambié tantas veces de bando… Javier “el traidor” solían llamarme mis compañeros de pelotón, pero…en el amor y en la guerra no hay normas, mucho menos en una guerra de amor.

-¿Y quién ganó la guerra abuelo?

-La guerra aun no ha acabado hijo, aun no ha acabado…